martes 3 de noviembre de 2009

Capítulo 13 y Final

Capítulo 13

Las secuelas de aquella terrible experiencia constituyeron una barrera infranqueable que Maruja fue incapaz de poder olvidar, siquiera con el paso del tiempo. Lejos de observar síntomas de arrepentimiento, el carácter de Ramiro –turbio hasta entonces, como las aguas estancadas de una ciénaga-, pasó a convertirse en una sombra negra que presagiaba endemoniadas consecuencias. La casa, entonces, comenzó a llenarse de ecos, de sombras y de espacios vacíos, tan lúgubres como los panteones de los héroes de la guerra de Cuba, hace tiempo olvidados y cubiertos de maleza y telarañas.
Una visión retrospectiva de su pasado, indujo a Maruja a preguntarse cuál podía haber sido el punto de inflexión que había tirado al cubo de la basura todas sus esperanzas, todas su ilusiones; incluso el sentido primordial de su propia vida, de la que tanto esperaba desde el mismo instante en el que tuvo plena consciencia de su humanidad.
A falta de comunicación, se encerraba en su espiritualidad, confiando en que algún día Dios abriera una ventana por la que entrara un rayo de sol que volviera a iluminar su miserable existencia. Pero acaso por falta de fe, por debilidad, por miedo o porque Dios estuviera demasiado ocupado llevando la esperanza a otros corazones mucho más heridos que el suyo, llegó un momento en el que Maruja fue incapaz de soportar más ultrajes y en su mente torturada fue aposentándose, poco a poco pero con férrea determinación, el demonio silencioso y terrible de la venganza.
Volvió a recordar las aseveraciones de Schopenhauer –cuyo libro perdió definitivamente después de vender el piso de sus padres-, y pensó que quizás Ramiro no se diera cuenta de lo que había perdido en realidad, hasta que no fuera demasiado tarde. Pero Ramiro tenía el alma igual de negra que los inquisidores que habían torturado y asesinado impunemente en el nombre de Dios y no había día que no la torturara, físicamente o de palabra.
La mayoría de las ocasiones, la constaba que lo hacía con plena conciencia, perfectamente sobrio y cerebral, con suficiente capacidad de decisión para distinguir lo correcto de lo inmoral.
Fue algo que brotó espontáneamente en su cerebro, como opinan algunos biólogos que ocurrió con la vida en la Tierra -a falta de una explicación mejor-, germinando con lentitud pero con una precisión insospechada, que nunca había creído posible en su apacible naturaleza.
Seguro de sí mismo y del absoluto poder que ejercía sobre ella valiéndose de su fuerza, Ramiro fue incapaz de darse cuenta del veneno que –hubo un momento en el que Maruja se imaginó a sí misma como La Voisin, la terrible y famosa envenenadora francesa-, administrado en pequeñas dosis, recaía en su estómago todos los días cuando se llevaba la cuchara a la boca. Para una persona más observadora y menos egocéntrica, el odio y la repulsión no hubieran pasado desapercibidos en el fondo atormentado de los ojos de Maruja. Tampoco las miradas de soslayo, valedoras en toda su extensión de la enorme frustración que sentía, así como el terrible sambenito de la humillación que la acompañaría para el resto de sus días, como una cruz acentuando la pasión de su calvario particular.
El estado de salud de Ramiro fue empeorando gradualmente, como ella esperaba que sucediese. Y también, como esperaba, el orgullo varonil se convertía en su mejor aliado negándose –como ella sabía que se negaría-, a acudir a la consulta del médico, el cuál podía haber desbaratado oportunamente sus planes. La bilis amarillo-verdosas que expulsaba frecuentemente por la boca, constituían una garantía más que suficiente para saber que su hígado no aguantaría mucho –quizás un día más, dos a la sumo-, pero aún así, Maruja no pudo evitar un estremecimiento de sentida piedad. Porque a medida que el estado físico de Ramiro se deterioraba –había perdido peso hasta parecer un cadáver viviente-, en el fondo vidrioso de sus ojos comenzaba a percibir fugaces visiones del hombre dulce y emprendedor que la había enamorado, llevándola al altar; visiones entrañables del hombre que la había hecho mujer, desflorándola con torpe ternura, pendiente al principio de todos y cada uno de sus caprichos; del hombre trabajador que soñaba con hacerla señora en el polo opuesto de aquél Madrid obrero y marginal en el que vivían...
Pero no. Esas visiones, fugaces como sus recuerdos, eran ahora su peor enemigo. Ella todavía adoraba a aquél Ramiro y hacia él sus sentimientos permanecían impolutos como el primer día. Aquél Ramiro que viviría siempre como el único rey del palacio de su corazón. Su cruzada no era contra él, sino contra el vampiro invisible que se había apoderado de su alma, convirtiéndole en una bestia. Era contra esa alimaña contra la que luchaba denodadamente y a la que finalmente derrotó cuando exhaló el último suspiro.
Rígido sobre la cama de matrimonio, el cuerpo de Ramiro parecía descansar, arropado por dulces sueños. Aún con los ojos abiertos, su rostro no denotaba dolor alguno. Ligeramente ladeado hacia la izquierda, su cara parecía mirarla con aquélla ternura de antaño, precursora del abrazo que siempre la tranquilizaba y la hacía ruborizarse como una niña chica.
Entonces Maruja sintió por fin que sus almas volvían a estar unidas, habiendo encontrado la paz. Y en un acto de ternura reflejo, le vistió con su mejor traje –ese de color azul celeste que tanto le gustaba y que le sentaba como un guante-, besó por última vez los fríos labios y a continuación cruzó las yertas manos sobre el pecho. Después, colgándose el bolso al hombro, salió de la casa cerrando despacio la puerta, temiendo despertarle de su siesta eterna. La mañana, agradable por más señas, la trajo recuerdos de muchos domingos de su niñez en los que su padre solía llevarla al Parque del Retiro y comprarla unos barquillos junto al estanque, los cuales solía compartir con las bandadas de adorables cisnes que se acercaban siempre glotones, mendigando unas migajas que ellos mismos devoraban de la palma de su mano.
Frente a la puerta de la consulta, Maruja no pudo reprimir el impulso de sacar del bolso un espejo y arreglarse un rebelde mechón de pelo, que previamente la brisa había alborotado. A pesar de las ojeras y el rastro de las lágrimas que había vertido, sabía, en lo más profundo de su corazón, que los trámites legales que se avecinaban serían menos dolorosos que los recuerdos que habrían de vivir con ella el resto de sus días.
Suspirando profundamente, llamó a la puerta. Un minuto después de entrar y haberse presentado, el especialista le preguntó:

-Bien, Maruja: cuéntame qué os pasó.

lunes 2 de noviembre de 2009

Capítulo 12

Capítulo 12

Se la comían los nervios, mientras devoraba impaciente la punta de las uñas, esperando siquiera una llamada de Ramiro. Las doce y cuarto de la noche. La cena hacía rato que descansaba, fría, sobre el plato y Maruja, preocupada, hizo intención de descolgar el aparato de teléfono y llamar a los servicios de urgencia de los hospitales de Madrid, temiéndose lo peor. Había visto al dueño del bar de la esquina echar el cierre y despedirse del último cliente, que se marchó en taxi, seguramente herido de muerte, como había escuchado decir a los hombres cuando deseaban dar a entender que se les había ido la mano a la hora de alternar.
Con la lamparilla del comedor encendida, intentó concentrarse en la lectura de un libro de Bécquer que, por alguna razón desconocida, Ramiro no había considerado digno de ir a parar al cubo de la basura.
Aún recordaba de memoria algunas de las poesías y si tuviera la oportunidad de hablar al respecto, estaba completamente segura de que podría contar –con toda clase de pelos y señales-, la mayoría de las leyendas. Era la parte que más la gustaba de la asignatura de Literatura y todavía mantenía en su mente una visión fresca del entrañable señor Montes, su profesor.
Al contrario que su padre, Montes había combatido en la Guerra Civil en el bando republicano, siendo herido en la cruenta batalla del Ebro, que tantas víctimas se contara por ambos bandos. De ahí que su oído derecho perdiera toda percepción auditiva, destrozado el tímpano irremisiblemente a consecuencia de la caída de un obús que estalló tan cerca de la trinchera donde se parapetaba, que podía considerarse un auténtico milagro que no hubiera acabado con su vida y desparramado los pedazos de su cuerpo varios metros a la redonda.
De cualquier forma, el señor Montes era un hombre verdaderamente asombroso. De mediana estatura y aspecto de ratón asustado, sus ojos, sin embargo, se convertían en auténticas brasas candentes cuando recitaba con natural pasión los versos más sobresalientes de Gustavo Adolfo. Un efecto similar, cuando no mayor, conseguía en el momento en el que comenzaba a narrar las leyendas logrando, con su grandilocuencia de gestos y expresiones, que toda la clase lo escuchara con inusitado interés.
Resultaba curiosa, por otra parte, la frescura con que recordaba la frase que afloraba a sus labios cada vez que alguien realizaba algún comentario y que pronunciaba segundos después de llevarse un dedo hacia el aparato auditivo que sobresalía del lóbulo de su oreja derecha:
-Señoritas, porque aunque ustedes no se lo crean, con éste aparato soy capaz de oír hasta la hierba que brota del suelo.
Naturalmente, todas reían frente a la exageración de tal comentario. Incluso había alguna, más atrevida y menos educada que las demás, que lo insultaba sin conmiseración, a sabiendas de que su desvergüenza quedaría para siempre impune.
Maruja nunca había comprendido tal tipo de actitudes. Posiblemente porque en su naturaleza nunca había existido sitio para el rencor. Tal vez motivada por tales pensamientos, respiró aliviada cuando escuchó la llave entrar torpemente en la cerradura de la puerta. Pero todas sus sanas intenciones se vinieron abajo al ver el aspecto tan desastroso de Ramiro, que entró en el comedor tambaleándose y apestando a vino, luciendo reveladoras manchas de carmín sobre el blanco sudado del cuello de su camisa. Aquello era demasiado para lo que un alma noble podía llegar a soportar y se lo recriminó, con las manos cruzadas sobre el pecho, a semejanza de una madre exigiendo una explicación a su hijo por una travesura cometida. Ese fue su segundo gran error.
La reacción de Ramiro, violenta, como no cabía esperar otra cosa, no se hizo esperar. La primera sensación que tuvo Maruja, fue la de sentir los dedos de Ramiro cerrándose como garfios sobre su cabello, mientras la arrastraba salvajemente por el suelo del pasillo en dirección al dormitorio.
Apenas una fracción de segundo más tarde, se vio catapultada sobre la cama, como si de un inerme saco de patatas se tratara. Lo siguiente que mal hería su memoria, fue el rostro desencajado de Ramiro, cuya boca apestaba como el aliento corrupto de una una fiera que acabara de devorar a su víctima.
-¡Vamos, puta!. ¡Te voy a echar el polvo de tu vida!, -dijo a continuación, hipando como un cerdo, mientras sus manos desgarraban la bata y el peso de su cuerpo caía sobre ella, aplastándola sin ningún género de consideración.
Hubo un pequeño forcejeo en el que ella, por naturaleza más débil, terminó perdiendo, quedando exhausta y sin oportunidad alguna de defensa. La lámpara de la mesita cayó al suelo, produciendo un ruido estrepitoso cuando la bombilla estalló en mil pedazos, que se extendieron por el suelo de la habitación en todas direcciones. A continuación, un pequeño fogonazo, la cómplice oscuridad y los jadeos libidinosos de Ramiro. El calor en su bajo vientre, unido a la pestilencia de su aliento, hizo que Maruja sintiera náuseas y estuviese a punto de vomitar hasta las heces. El tiempo, entonces, se le hizo eterno, igual de angustioso que la visión de las gotas de suero penetrando con desesperante lentitud en las venas del brazo de su madre poco antes de fallecer en la aséptica cama del hospital, sin otra compañía que las visiones que pudiera tener en el coma, las cuales se había llevado con ella a la tumba.Por otra parte, sus genitales ardían, mancillados por los esfuerzos desesperados de Ramiro que, sin duda influenciado por el alcohol, apenas conseguía mantenerse en erección para consumar un acoplamiento no compartido. Cuando se apartó a un lado, quedándose dormido y roncando como un auténtico verraco, Maruja dobló las piernas lentamente, adoptando una posición fetal –como solía hacer muy a menudo cuando era niña-, llorando a continuación con infinita amargura. Por un resquicio de las cortinas de la ventana, penetraba casualmente un diminuto rayo de luz. Y por primera vez en mucho tiempo, Maruja sintió vergüenza de ser mujer. Y también, después del ultraje, comprendió que posiblemente Dios había sido misericordioso al no haberles concedido hijos que acrecentaran el sufrimiento.

domingo 1 de noviembre de 2009

Capítulo 11

Capítulo 11

La primera de las palizas fue motivada por una llamada de teléfono que hizo aflorar en el corazón de Ramiro unos celos por completo injustificados. A consecuencia de ello, Maruja comenzó a pensar que el destino –ese caprichoso fatum de las comedias griegas-, era, sin duda, un duendecillo burlón, que poco o nada entendía del sufrimiento humano y si lo hacía, apenas le importaba. De poco sirvieron los intentos por hacerle comprender a Ramiro que el hombre que había marcado su número de teléfono y había preguntado por Maruja, se refería a otra persona que no tenía absolutamente nada que ver con ella, a excepción de tener su mismo nombre, común, suponía, a muchas mujeres españolas.
No obstante educada en la sumisión, siempre buscaba excusas para disculpar una actitud violenta que apenas dejaba entrever una pequeña puerta abierta a esa utopía que, a falta de un nombre mejor, se denomina esperanza y que aflora a los labios de las personas cuando sufren o anhelan algo con todas sus fuerzas.
Que Ramiro bebiera era una cuestión que siempre había intentado comprender desde la perspectiva humana de la más absoluta de las paciencias, aunque nunca, hasta entonces, le había visto borracho. Ella sabía, por su padre que en paz descanse, que el alcohol, tomado sin mesura y proporción, cambia el carácter de las personas, aunque algunas lo admitan mejor que otras y sus borracheras sean puramente anecdóticas.
Pero la regularidad con la que Ramiro consumía alcohol, comenzó a resultar peligrosamente alarmante.
Al principio, ella aceptaba más o menos bien sus explicaciones, encaminadas a hacerle comprender que la naturaleza de su trabajo le obligaba a tener que alternar con los clientes para cerrar negocios cuyo porcentaje de comisión, unido al sueldo, les vendría muy bien en el futuro, del que no tardarían en volver a recuperar su antigua posición. Maruja quería creerle. Necesitaba creerle, porque al fin y al cabo Ramiro era lo único que le quedaba en el mundo, una vez fallecidos sus padres y hacía de tripas corazón, procurando disimular el disgusto que sentía cada vez que acudía a casa embriagado.
Hubo una época, después de la última borrachera, en la que el carácter de Ramiro, huraño y agresivo hasta entonces, pareció dar un giro de ciento ochenta grados y volver a ser, durante algún tiempo, aquél Ramiro que la había conquistado, haciéndola sentirse una mujer completamente enamorada. Hasta se podía dialogar con él. Tanta fue su sorpresa, que su propia inocencia la indujo a correr un tupido velo sobre su más reciente pasado y perdonarle los numerosos sinsabores que la había hecho sufrir. Entonces, cuando menos se lo esperaba, llegaron las violaciones, amparadas en derechos maritales, que incluso la más salvaje de las fieras respetaba, aunque se encontraran en el más asqueroso rincón de la jungla.La primera fue la peor de todas, precisamente aquélla que más profundamente había dejado huella en su alma y que jamás podría olvidar y mucho menos perdonar, por muy buen corazón que tuviera.

sábado 31 de octubre de 2009

Capítulo 10

Capítulo 10

Doña Remedios falleció un mes después. La llamada de la dirección del centro psiquiátrico notificándoles tan fatal desenlace, apenas les cogió por sorpresa. De hecho, Maruja tuvo una premonición la tarde anterior que, unida a la gravedad del estado de salud de Doña Remedios hacía vana cualquier esperanza de recuperación.
La mañana, fresca a pesar de estar bien entrada la primavera, se le antojó de una tristeza inusual, sólo comparable al más aciago de todos sus recuerdos.
A pesar de que nunca había sentido aversión hacia los cementerios, una mirada hacia el lugar donde habrían de reposar los restos mortales de su madre para toda la eternidad, la provocó un escalofrío, seguido de un agudo dolor en el pecho. Naturalmente Ramiro estuvo todo el tiempo a su lado, acompañándola. Lógico era pensar que había que guardar las apariencias, aunque su matrimonio fuera un barco a la deriva, sin posibilidad, al menos por el momento, de regresar a buen puerto.
Devueltas las cenizas a las cenizas y el polvo al polvo, Maruja se sintió completamente sola; desamparada en un mundo que, por primera vez en su vida, le pareció extraño y completamente hostil.Desde luego, Ramiro no tardó demasiado tiempo en encontrar trabajo, de representante también, aunque su mal querencia hacia ella era mayor cada día, sin importar las continuas manifestaciones de afecto hacia él.

viernes 30 de octubre de 2009

Capítulo 9

Capítulo 9

La primera bofetada restalló en su cara como el látigo inclemente que humilla a las fieras antes y durante una representación circense. Era imposible no recordarla, siquiera porque fue tan imprevista y brutal, que la dejó tumbada en el suelo sin posibilidad de abrir la boca aunque sólo fuera para quejarse o simplemente preguntar por qué. Ocurrió la víspera de semana santa. Precisamente el día en el que los madrileños –de común acuerdo, como en todo buen éxodo vacacional que se precie-, hicieron las maletas, huyendo desesperados hacia las playas, sin importarles que hiciera o no buen tiempo y pudieran bañarse en sus placenteras aguas. Ramiro se quedó sin trabajo precisamente aquél día y tal vez por ese motivo a Maruja se le ocurrió pensar que existían circunstancias atenuantes para disculpar tan reprochable acción.
De cualquier forma, era algo que se veía venir, sin necesidad de consultar el horóscopo que todas las semanas aparecía en las revistas del corazón y que venía a decir siempre lo mismo, semana tras semana.
La empresa en la que prestaba sus servicios como representante –pensó que conseguiría más emolumentos y gratificaciones que siendo un simple conductor en una empresa de servicio público-, decidió, de la noche a la mañana, aplicar el método de márketing americano -impersonal y calculador como pocos, en lo que a los recursos humanos se refiere-, y la primera consecuencia de dicha aplicación no fue otra que la de reestructurar la plantilla y recortar gastos.
A Ramiro, desafortunado siempre en las cuestiones de azar, le tocó la bola negra en el sorteo, así como una indemnización muy por debajo de lo que estipulaba la Ley. Era el tiempo de las lentejas y ni siquiera los sindicatos –en tal sentido Ramiro había sido siempre apolítico, absteniéndose incluso de votar en las primeras elecciones generales-, consiguieron que el juez revocara una sentencia a todas vistas injusta e impopular. De cualquier forma su tranquilidad, poco menos que perfecta, sufrió un irremisible cambio a partir de entonces.
Con la situación de desempleo de Ramiro, llegaron los primeros recortes en el presupuesto familiar y Maruja tuvo que olvidarse de algunos pequeños privilegios, comunes a muchas mujeres.
Al principio fueron las revistas:

-Ni un solo duro para cotilleos, -decía Ramiro, inflexible.
Luego, la peluquería, a la que acudía cada quince días y donde se hacía siempre la permanente:

-Lávate con agua del Canal, que verás qué bien se te queda el pelo.
Dentro de lo malo, Maruja comprendía la necesidad de abrocharse el cinturón. Y lo comprendía hasta tal punto, que una noche, después de cenar, le comentó la posibilidad de buscarse un empleo, siquiera por horas, mientras se normalizaba la situación. Comprendió su error demasiado tarde.

-¡Vete a la mierda!, -le contestó un hombre por completo desconocido, que en nada se parecía al Ramiro que la llevó al altar, diciendo, aparentemente convencido, sí quiero.Fue a raíz de aquélla sugerencia, cuando afloró el verdadero monstruo que había permanecido aletargado en lo más profundo de su alma. Monstruo, por otra parte, que nada tenía que ver con la maldad de los villanos del Séptimo Arte, que se las hacían pasar canutas a las heroínas de turno pero que, al final –gracias a la decisión del director o al buen corazón del guionista-, terminaban recibiendo su merecido.

jueves 29 de octubre de 2009

Capítulo 8

Capítulo 8

El primer año de matrimonio fue, sin duda, el mejor y de más grato recuerdo, a pesar de que hacían el amor de pascuas a ramos y nunca con la pasión con que lo hicieron la noche de bodas, cuando ambos terminaron de presentarse definitivamente el uno al otro, dejando todas sus vergüenzas en completa transparencia. Teniendo el piso bien amueblado y un utilitario de cinco puertas aparcado en la acera de su casa, constituían un matrimonio cuyo estrato social en aquellos dulces comienzos era superior al de muchos de sus vecinos y a pesar de vivir en un barrio obrero del sur de Madrid –aún era pronto para emigrar hacia el norte, como deseaba Ramiro en lo más profundo de su corazón-, todo el mundo les envidiaba, a juzgar por los comentarios que Maruja escuchaba en conversaciones de escalera, cuya trascendencia estaba muy lejos de afectarla.
A pesar de todo, la felicidad nunca es completa, aunque a veces se aferre uno a pensar lo contrario, creyendo ilusoriamente que la vida es perfecta. Recién llegados de Gijón –por motivos profesionales habían tenido que retrasar el viaje de luna de miel algunas semanas-, apenas tuvieron tiempo de deshacer las maletas, cuando una llamada telefónica les avisó de que don Antón había claudicado, pasando el hombre a mejor vida. Ocurrió por sorpresa y sin sufrimiento, tal y como declaró el médico que certificó la defunción. La muerte, disfrazada de infarto de miocardio, había segado su vida con tanta rapidez, que ni siquiera el sacerdote consiguió llegar a tiempo para administrarle la extrema-unción cuando aún respiraba.
Por aquéllas fechas, la ternura de Ramiro se hizo patente una vez más, y Maruja se sintió consolada, mimada y protegida por el hombre al que tanto amaba. Doña Remedios, sin embargo, se llevó la peor parte. Precisamente aquella a la que la evolución no ha dotado al ser humano de una defensa sólida y homologada a las circunstancias: la soledad.
Al principio, los síntomas no eran lo suficientemente claros como para pensar siquiera en la posibilidad de tomar medidas más drásticas e inevitablemente necesarias. Era lógico que después de toda una vida de casados, el cónyuge superviviente se aferrara al recuerdo del finado como un náufrago a la tabla de salvación y hablara de él como si hubiera tenido que desplazarse fuera de Madrid por motivos estrictamente laborales. La comprensión de Maruja en tal sentido se había mantenido firme, con dogmática determinación, no exenta, en absoluto, de dulzura. Incluso Ramiro, serio por regla general, se deshacía en afectos, intentando –eso tenía que reconocérselo siempre en honor a la justicia-, que su suegra se sintiera lo más animada posible, aunque dando por sentado que no se iría a casa a vivir con ellos. En su fuero interno, semejante decisión no fue en absoluto del agrado de Maruja y a raíz de ello vinieron las primeras discusiones, disfrazadas de consanguineidad familiar. Pero como el piso de doña Remedios estaba apenas a un par de manzanas, pensó que no la supondría tanto esfuerzo llevar las riendas de las dos casas y tener a su marido y a su madre debidamente atendidos, como consideraba que era su obligación.
Al principio todo fue maravillosamente bien. Ella se ocupaba de Ramiro y de doña Remedios con férrea determinación e incluso la sobraban fuerzas –y no sólo de voluntad, que también es importante-, para cumplir con sus obligaciones maritales, aunque por más que lo habían intentado, los niños se habían resistido siempre a todos sus esfuerzos. Por supuesto, había intentado comentarlo con Ramiro, pero todos sus intentos resultaron por completo infructuosos y las contestaciones de éste cada vez más desconcertantes y soeces:
-¡Déjame en paz!. ¡Me sobran cojones para hacer hijos!.
Maruja se derramó entonces como el agua de un cántaro hecho añicos. Sobre todo cuando sus relaciones íntimas comenzaron a enfriarse, hasta el punto de llegar prácticamente a desaparecer, a pesar de que ella continuaba conservando todo su atractivo y renovaba su vestuario de ropa interior, en un intento futil por excitarle y hacer su relación mucho más placentera. Resultaba, entonces, una absoluta paradoja pensar que mientras el planeta se calentaba peligrosamente por causa del denominado efecto invernadero -también es cierto que ni siquiera los científicos terminaban de ponerse de acuerdo sobre las medidas a tomar para solucionar tan importante problema-, sus sentimientos se enfriaban cada día más hasta llegar a alcanzar los cero grados del frío absoluto.

miércoles 28 de octubre de 2009

Capítulo 7

Capítulo 7

El día de su boda nevó copiosamente y Maruja apenas terminaba de decidirse sobre qué estaba más blanco, su vestido de novia o el suelo cubierto de nieve, que daba a las calles el aspecto entrañable de una típica postal de navidad. La basílica de Nuestra Señora de Atocha la pareció, sencillamente, sublime: con sus ojivas, sus arcos, sus inconmensurables bóvedas, así como también por los cuadros y las figuras cuyas alegorías constituían todo un poema a los aspectos más místicos y espirituales del ser humano. Al menos, así se lo pareció cuando caminaba erguida hacia el altar cogida del brazo de su padre, mientras la gente –agolpada en los bancos, a ambos lados del pasillo-, la observaba y cuchicheaba en voz baja.
Ramiro esperaba impaciente en el altar, serio y circunspecto, como se supone que debe de estar un novio en un día tan señalado. Impecablemente vestido y con la cabeza alta, daba la impresión de un grande de España que estuviera a punto de dar el paso trascendental de su vida, después de hacer sido introducido en sociedad. Maruja se estremeció. Y a través de los poros electrizados de su piel, sintió que por su cuerpo fluía un torbellino de emociones que se resumía en un único e indivisible sentimiento: amor.
El discurso del sacerdote, posiblemente más extenso de lo habitual, se le antojó semejante, en número, calidad y gratuidad, a los consejos de Perico Chicote.
Hombre de cierta edad, las arrugas de su frente semejaban surcos recién labrados por debajo de la nieve que coronaba la montaña de su escaso cabello. Tal vez Ramiro miraba hacia abajo por el efecto sedante de su voz, monótona y triste, sin apenas timbre, que empañaba lo que ella consideraba un éxtasis de alegría semejante, comparativamente hablando, al que experimentó el día de su primera comunión, luciendo también el vestidito blanco y los zapatitos de charol, brillantes como una estrella.
Cuando llegó a la parte trascendental del ritual, aquella en la que el sacerdote autoriza besar a la novia, Maruja recordó el beso más largo y apasionado de la historia del cine: aquél que se dieron Cary Grant e Ingrid Bergman en la película Encadenados, del genial director norteamericano Alfred Hitchcock. Por desgracia, Ramiro no era muy aficionado al cine, a juzgar por la inesperada fugacidad con que la ofreció los labios. Pero aquél detalle apenas tenía importancia, una vez encajado el anillo en su dedo anular.
Siendo marido y mujer, lo que Dios había unido no tenía por qué separarlo el hombre.