miércoles, 31 de octubre de 2012

Noche de Difuntos a la vera del Moncayo



La Noche de Difuntos nos sorprendió en las proximidades de Veruela. Antes de llegar al milenario monasterio, nos detuvimos en Trasmoz, subiendo a lomos de nuestras monturas hasta las ruinas del castillo que, según la leyenda, fue levantado en una sola noche por el Diablo. Frente a éste, y ocultando a la vista de los mortales los miserables vestigios de los antiguos templos paganos, de las cumbres nevadas del Moncayo llegaba hasta nosotros el aullido lejano, desesperado y hambriento de los lobos. Aún era mediodía, pero unos negros nubarrones intimidaban a un sol que ya de por sí había amanecido débil y mohíno. Por debajo de las ruinas, la puerta de madera de la vieja ermita bizantina, dedicada a la Virgen de la Huerta (1), crujía con frenética monotonía, resistiendo milagrosamente el empuje de un viento gélido y atroz, que ya comenzaba a dar señales de transformación en ese peligroso demonio que por estos lugares los aldeanos denominan Cierzo, pero que en los espeluznantes bosques canadienses, las tribus indígenas temen y conocen como el Wendigo. Fue mi hermano Valeriano quien, haciendo alarde de su prodigiosa memoria, me recordó la inminencia de la Noche de Difuntos, ignorando mis pretensiones de encender una vela a ese compañero de caminos y de Vírgenes Negras, que es el musliherido San Roque:

- No hay tiempo, Gustavo. En breve se abrirán las puertas del Averno y las brujas y los demonios de la noche se liberarán por el mundo, para atormentar a los intrépidos...Hemos de darnos prisa y refugiarnos tras el santuario que han de ofrecernos los muros del viejo monasterio.

Relativamente cerca, Vera de Moncayo parecía, no obstante, un espejismo inalcanzable más allá de unos campos desnudos y ateridos, en los que algunos viñedos maceraban fuego y escarcha, y en cuyas hojas de parra se adivinaba el vestido de color macilento que, según la Biblia, cubrió las vergüenzas de Adán y Eva cuando fueron expulsados del Paraíso, y con cuyo fruto, suponen algunos que alcanzó Noé su primera borrachera mística.
Lejos de sentir en mi interior idéntica o similar confianza que la demostrada por mi hermano Valeriano, pensaba que los muros del antiguo cenobio cisterciense, en el que apenas oraba et laboraba un puñado de viejos monjes, herederos del espíritu de San Benito pero inexistentes para el mundo, sería un bastión inexpugnable capaz de contener a las terribles criaturas que, de creer en las viejas fábulas y consejas, habrían de poseer a un hombre, colándose de rondón por los caminos sin cerca de madera ni alambre de espino de su imaginación.
El trote de los caballos se convirtió en galope; y el galope, heridos los ijares de los nobles animales, en una frenética huida, mientras el viento nos golpeaba en la cara, arrastrando los primeros copos de nieve, que herían como cuchillas bien afiladas. Atravesamos Vera de Moncayo a velocidad de vértigo, sin cruzarnos con alma alguna, aunque sí percibimos atisbos de vida a través de algunos ojos, anónimos y temerosos, que nos observaban a hurtadillas detrás de los postigos de las ventanas, sin duda alertados por el ruido seco y atronador producido por los caballos de los caballos al golpear sobre los duros adoquines de la calle principal. Unos segundos después de que la luz fugaz de un relámpago se reflejara sobre la pulida superficie de la Cruz Negra -me estremecí, al recordar la leyenda condal del terrible señor del Segre- cruzamos como una exhalación la portalada de piedra del monasterio.
Dos monjes nos esperaban al final de un paseo flanqueado a ambos lados por filas de bananos, cuyas ramas, desnudas y retorcidas, semejaban los brazos de condenados, desesperados por alcanzar un cielo que los liberara definitivamente de las torturas del Infierno. Mezclando el color del plumaje de las urracas, en sus hábitos había una familiar

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Dos monjes nos esperaban al final de un paseo flanqueado a ambos lados por filas de bananas, cuyas ramas, desnudas y retorcidas, semejaban los brazos de infelices condenados, desesperados por alcanzar un cielo que los liberara definitivamente de las torturas del Infierno. De idéntico color que el plumaje de las urracas, en sus hábitos había una familiar presencia, que me recordó a los monjes con espuelas (2), cuyas osamentas se levantarían a medianoche para seguir combatiendo allá, en las celtíberas laderas del soriano Monte de las Ánimas, mientras el Duero, antes de llegar a la curva de ballesta (3) sobre la que se alza la ermita de San Saturio, reflejaría, un año más, un diabólico rayo de luna que habría de levar a la perdición a algún infeliz mancebo enamorado.
La penumbra dibujaba extrañas formas en el pavimento de un claustro cuyas arquerías, eternamente libres del prisionero abrazo del cristal, permitían que el viento, al colarse libremente, semejara portar consigo ecos y susurros de antiguos rezos y misereres; te deum laudamus de comunidades cenóbíticas que habían muerto a mayor gloria de Dios, los restos de cuyos abades reposaban bajo inmemoriales losas señaladas con el báculo mosaico y distribuídas por la iglesia y la Sala Capitular.
La magia en equilibrio de las bóvedas góticas, se desplegaba por los cuatro puntos cardinales del claustro, como alas oleaginosas de murciélago desplegándose hacia un centro imaginario en su vuelo sin visión. Aunque frugal, no obstante en la cena se cólo, mezclado con los posos del vino, fuerte y áspero como los mitos de esta tierra, el espectro correoso de las pesadillas. Presa de una febril actividad nocturna, de mi imaginación desbordada brotaron meridianos demonios: seres elementales que brotaban de lo más profundo de las gotas de rocío que pernoctaban en mi alma atormentada:
Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en un girón de niebla plateada; silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios y venid en vuestros carros de nácar a los que vuelan uncidas las mariposas; larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas; escarabajos de esmeraldas, luciérnagas de fuego, mariposas negras, venid; y venid vosotros todos, espíritus de la noche, venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y oro; venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura; venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas; venid, que los que os aman os esperan impacientes...
Todo esto, lo escribo desde mi celda, en ésta gris y fría mañana del día de Todos los Santos, del año de 1842. ¿Verdad o mentira?. ¡Quién lo sabe!. Tan sólo puedo asegurar, que a la mañana siguiente, enfermo y exhausto en el lecho, desperté en los brazos de mi hermano Valeriano. Junto a la cera derretida de la vela, en la superficie carcomida de la mesilla de noche, un ligero rastro de púrpura terminaba en las proximidades de mi almohada. De la terrible ventisca enviada por los manes del Moncayo, quedaba el testimonio de la exhorbitante cantidad de nieve abatida sobre el monasterio.
Uno de los monjes, posiblemente el boticario, entró y entreabrió la ventana, alegando que los aires del Moncayo serían el remedio ideal para mi fiebre. Junto con elos, un ligero olor a azufre penetró también en la habitación...


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(1) No deja de tener cierta similitud con la antigua iglesia templaria de similar advocación, de Puente la Reina, hoy día conocida popularmente con el nombre de Iglesia del Crucifijo, pero que, allá por el siglo XII, estaba bajo la advocación de Nª Sª de los Huertos.
(2) Con tal nombre, se refería Gustavo Adolfo Bécquer a los templarios.
(3) De la poesía de Antonio Machado.

domingo, 7 de octubre de 2012

Boronas de Otur: una lágrima al partir...y dos al regresar



La última vez que vi Boronas, el verano tocaba a su fin. A finales de agosto de 1979, cuando el viejo Simca 1000 alcanzaba Las Cruces, pensé que mi despedida sería, como siempre, hasta el año siguiente. Me equivoqué. La vida da muchas vueltas, es cierto, y cuando uno tiene diecisiete años, pocas o ninguna vez piensa en ese concepto peterpaniano de nunca jamás. Más bien piensa, motivado, qué duda cabe, por la ignorancia de la adolescencia, que todo es perfecto; eterno y que el adiós nunca va a ser tan largo como para significar olvido. Lo sé muy bien.
Las Cruces eran los límites que delimitaban esa pequeña Brigadoon, mágica y entrañable, que era la Boronas de mi infancia. En realidad, se trataba de una bifurcación de caminos que, por sus características y para ser exactos, más que forma de cruz, tenía las características de una perfecta pata de oca: el ramal central desembocaba en Boronas; el de la derecha, llevaba a la casa del Pinto y el de la izquierda, más largo y misterioso, se perdía hacia las montañas, en dirección a la Artosa, el monte Pegueiros y el hogar de los lobos. Es curioso, pero a pesar de que oía a los lobos aullar por las noches -sin duda, el mejor talismán de infancia eran las propias sábanas, cuya complicidad con la imaginación infantil hacían que estas te proporcionaran el sublime recurso de la invisibilidad frente a todos los peligros- tan sólo una vez tuve un encuentro directo con uno. Fue precisamente aquí, en este alto de Las Cruces, allá donde el monte se pelea con el asfalto de la carretera y los helechos crecen tan altos, que invitan a pensárselo dos veces antes de adentrarse en un lugar que todavía conserva deseos de independencia frente a la vulgaridad de los humanos. Si vivo para contarlo, será seguramente porque el lobo es un animal lo suficientemente inteligente como para saber dónde está realmente el peligro, y es de preveer que mi miedo era lo bastante desagradable para su olfato, como para molestarse siquiera en enseñarme los dientes. Puede ser, también, que sus correrías nocturnas hubieran satisfecho su hambre, o pudiera darse el caso, ¿por qué no?, que mi ángel de la guarda le hubiera enseñado el puño, amenazándole con romperle todas las costillas si se atrevía a dar un paso. La cuestión, es que el animal no se movió. Permaneció completamente quito durante unos minutos que a mí se me antojaron años, y después de escrutarme con unos ojos tristes, dio media vuelta, internándose en el monte sin volver la cabeza atrás ni una sola vez.
En este punto, fue también donde mi abuela Alejandra nos sorprendió con ese don paranormal, del que a veces hacía gala con toda naturalidad. Aquí fue, también, donde vio a María (1) la del Pinto, caminar sola hasta perderse en el monte. No tendría nada de extraño, si no fuera por el detalle, de que la probe María había muerto varias horas, antes de que mi abuela la viera. Mi madre y yo estábamos con ella, pelando guisantes, y cuando nos llegó la noticia, miramos a la abuela como a un ser de otro planeta.
No muy lejos del pilón donde abrevaba el ganado, y donde había decidido, también, instalarse una curiosa especie de salamandras de piel negra y naranja, había una pequeña ermita dedicada a San Miguel. O mejor dicho, a San Miguelín, como decían alli. No se veía, porque una frondosa maleza, entre la que no faltaban las eternas zarzas y tampoco las jugosas moras, la ocultaba a la vista. Era un pequeño rincón secreto, donde nos juntábamos los Pinto, los Cabarco y un servidor, para echarnos un pitillo a escondidas de los mayores.
Recuerdo con especial cariño, el hórreo y la panera de la Fernanda. El hórreo, porque, además de ser una construcción extraña, arcaica que siempre me ha gustado, tenía una curiosa marca, en forma de cés invertidas, que me recordaban un tridente. De hecho, le mandé una foto a Antonio Ribera -en aquéllos tiempos, toda una autoridad en la materia ufológica- porque me recordaba el símbolo que el famoso OVNI de San José de Valderas, Madrid, lucía en la panza. No me contestó. Supongo que me tomó por otro de los chalados que veían ummitas a diestro y siniestro, y no le culpo. La panera, como decía, la recuerdo con especial cariño, porque allí había instalado Orlando su taller. Un taller parecido al del genio loco de Regreso al Futuro, haciendo sus experimentos con todos los aparatos de radio y televisión que caían en sus manos.
Por debajo de Boronas, se accedía al río -nunca supe su nombre, y creo que en casa tampoco lo sabían- en cuyas orillas pesqué mis primeras truchas y donde fisgaba cada vez que tenía ocasión, por si sorprendía a alguna xana cepillándose el cabello. A veces, husmeaba en las pequeñas cuevas, pensando que quizás un golpe de suerte me haría encontrar algún tesoro olvidado de los moros. Pero nunca vi una xana; jamás encontré tesoro alguno, y las truchas que pescaba eran tan pequeñas, que incluso el gato que se las comía parecía recriminarme mi poca inspiración como pescador.
A veces, me sentaba en los escalones de piedra del hórreo de mis abuelos, y tocaba la guitarra. Pero tampoco nunca destaqué como músico, a pesar de haber tenido siempre un buen oído...Ah, qué tiempo tan feliz, como diría la canción de Mary Hopkins: aquéllos son los días, amigos, que pensé que nunca acabarían...
Treinta y tres años después, la ilusión se convirtió en ceniza. Parado desde el alto de Las Cruces, la mitad del monte había desaparecido; alrededor de la ermita de San Miguelín -la estaban reformando, e incluso yo diría que la habían agrandado- ya no había ni vegetación, ni zarzas, ni sabrosas moras; en la casa de los abuelos, ya no había vacas: la cuadra, que siempre había estado unida a la casa, era ahora otra sala más; la Fernanda -a quien robaba el chocolate y cuya marca nunca olvidaré, Cibeles- había fallecido hacía muchos años y Orlando se había casado y vivía...bueno, en cualquier lugar, menos en el pueblo. Mi tía apenas me recordaba y yo no conocía a las nuevas generaciones de boronenses, ni siquiera haciendo buena la llamada de la sangre. En realidad, no pude aceptar la invitación a comer. Emprendí el camino de regreso y me desahogué, un mar de lágrimas después, camino de Villapedre, Navia y Coaña.
Qué días tan felices, seguía cantando Mary Hopkins, aquéllos que pensé que nunca acabarían...

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martes, 2 de octubre de 2012

Xana



Chalanero, chalanero, qué lleves en la chalana,
llevo roses y claveles, y el corazón de una chana,
si pases el puente, nun caigas al agua,
que los míos amores, son de la chalana.

Son de la chalana, son de un pueblu marineru,
que si la chalana es guapa,
Llaviana pierde un luceru,
si pases el puente, nun caigas al agua,
que los mis amores, son de la chalana.

En la fonte la Nalona,
hay una xana llorando,
porque diz que non la quieren
los rapaciños de Entrialgo,
si pases el puente, nun caigas al agua,
que los mis amores, son de la chalana.. (1)

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(1) Tradicional. Versión Nuberu y Víctor Manuel en concierto. Asturias, 2004.

domingo, 29 de julio de 2012

Un cuento de la Laguna Negra



Dicen las comadres, que por las noches la Luna se mira en ella, coqueta y muy pagada de sí misma, como la madrastra del cuento de Blancanieves, preguntándole quién es la más bella. La Laguna Negra sonríe, pero no obstante, calla. Hay quien puede llegar a pensar que con su silencio otorga, pero yo creo que, en realidad, callando aleja de su entorno al terrorífico fantasma de la vanidad. La Luna suspira entonces, y como todas las noches desde que el mundo es mundo, dándose por vencida, se despoja de su capa de armiño y se sumerge lentamente en el agua. Los lobos, ocultos en lo más impenetrable de los bosques que la circundan, aúllan con insistencia, disponiéndose al cortejo. Más allá, en los roquedales de las cimas más altas de los Picos de Urbión, águilas, buitres y alimoches cabecean inquietos; en su duermevela sueñan, quizás, con esas inalcanzables estrellas que los hombres codician; febril e inútilmente, como se codicia todo aquello imposible; todo aquello que pertenece al Mundo de los Sueños. Búhos y lechuzas, encaramadas en las ramas más altas de los árboles, custodian los senderos forestales que el otoño ha llenado de hojas y recuerdos, mientras ciervos y revecos retozan en silencio en su cuna de helechos, esperando nerviosos un alba que no termina de llegar.
Hacia el centro de la Laguna, allí donde la Luna bracea con la elegancia de una mariposa, las burbujas estallan al contacto con el aire, delatando los suspiros que la soledad provoca en la Ninfa inmortal que habita desde tiempo inmemorial en lo más desconocido de sus profundidades. En el óvalo perfecto, protegido por crómlechs y menhires que una vez fueron orgullosos caballeros condenados por un sortilegio, las riberas reciben el abrazo fantasmal de una niebla cargada de evocaciones del pasado. Los fantasmas afloran a la superficie, arrastrando penosamente unas cadenas injuriosas que nunca debieron cargar. Hay quien a falta de nombre propio, les pone apellido. Realidad o ficción, lo cierto es que en esta hermosa tierra de pinares, todo el mundo conoce el nombre de Alvargonzález.
Hay hombres intrépidos que se acercan al atardecer, en vísperas de la noche de Difuntos, y cuando vuelven a sus hogares, lo hacen con el pelo blanco como la nieve y la mirada perdida en esos fuegos fatuos sobre los que danzan alegremente hadas y duendes, trasgos y diablos.
Por esas fechas, cuando el invierno atrae desde los bosques canadienses al terrible Wéndigo (1) -espíritu inquieto de los vientos, que por aquí los aldeanos conocen por el nombre de Cierzo- la Ninfa de la Laguna cumple años. Pero es un trámite sin importancia, porque su hermosura y lozanía son eternas y nunca sufren alteración. ¿Cómo podrían existir canas y arrugas en quien se baña todos los días en la Fuente de la Eterna Juventud?. Yo lo sé bien. Y como todos los años, voy con el Wéndigo de un lado para otro, sin tener apenas tiempo de descansar. Con él, muero de regreso a los oscuros bosques de Canadá, y la primavera retorna otra vez mi espíritu aquí, a la tierra en la que nací.
Tal vez os preguntéis quién soy yo. Y tal vez os sorprendáis al conocer mi respuesta: tan sólo soy una hoja mecida por el viento.

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(1) El Wéndigo es un término acuñado por el escritor Algernon Blackwood, perteneciente a la Golden Dawn quien, en un relato que lleva tal título, lo sitúa, basándose en ancestrales mitos de los indios, en lo más impenetrable de los bosques canadienses. En una recopilación editada por Alianza Editorial, se le incluye dentro de los Mitos de Cthulhu, basados en las terribles historias del escritor norteamericano Howard Phillips Lovecraft.

jueves, 19 de julio de 2012

Frágil como una flor


Una fría mañana de diciembre, cuando aún los naranjos no se habían desprendido de la pajarita de escarcha que les había dejado en prenda la madrugada, una gitana me leyó la mano; o lo que ella, emulando esa gran jarte que tiene su raza, pensaba que podía leerse en una mano que todavía estaba tibia, desprendiendo parte del olor del gel de ducha y el jabón de afeitar, con los que me había aseado unos minutos antes, apenas recién levantado. A ras de suelo de un plomizo amanecer, algunos jirones de niebla evolucionaban al compás de una macabra sinfonía, empecinándose, aún más si cabe, en convertir en impenetrable ese gran misterio ancestral que hacía de la judería, indefinidos siglos después, el queso que atraía irremediablemente a la trampa, a un ratón de lo más glotón, conocido con el nombre de turismo.
Enfrente de la mezquita-catedral, las puertas correderas del Hotel Maimónides, al abrirse y cerrarse al paso de los huéspedes, dibujaban guiñoles epifánicos que reflejaban sobre el húmedo pavimento parte de la variada cromática de los adornos del árbol de Navidad, aunque sus débiles destellos semejaran, en el fondo, cruces de navajas precipitadamente liberadas. Mientras tanto los turistas, avispados seguramente a fuerza de ser timados, se perdían por el bosque de columnas del interior de la antigua joya califal reconvertida en catedral trás la conquista de Córdoba por los ejércitos cristianos, aprovechando su gratuidad antes de las diez de la mañana, hora en que la visita quedaba supeditada al pago excesivo de una entrada.
La gitana no lo dijo, evidentemente, pero cuando secuestró mi mano entre las suyas, fue comi si hubiera pronunciado el mitico tópico asociado a todo acaparador de lo ajeno: manos arriba, esto es un atraco.
Por otra parte, bien es cierto que -y en esto, no puedo por menos que pensar en ese temor atávico frente a semejante raza trashumante- que de nada sirven las protestas cuando un gitano ve la posibilidad de hacer negocio, siquiera sea engañando incautos, arte, como digo, en el que nos llevan milenios de ventaja.
Para bien o para mal, y una vez mi mano izquierda -esa que dicen las malas lenguas que Dios no tiene- retenida entre las suyas como rehén a punto de ser ejecutado, su parrafada mística, inspirada según ella por la información astral contenida en esa conjunción de líneas en la que yo nunca había visto otra cosa que encrucijadas y senderos que no conducen a ninguna parte, me trajo a la memoria pensamientos muy alejados de ese brillante camino de éxitos que, en su infalible opinión de pitonisa, me esperaban detrás de la esquina. Éxitos relacionados con la fortuna; con la suerte; con el amor; con ese golpe de estado personal, que me haría ser socio honorario del exclusivo Club de los Brillantes...
Su aliento, cálido y alitoso, formaba caprichosas cabezas de hidra, a cual más burlona y amenazadora, semejantes a las terribles bestias que ilustran los capiteles de un arte que hasta el siglo pasaba se denominaba bizantino, y que ahora todo el mundo conoce por románico.
Alea jacta est (1), me dije, recordando la famosa tirada de dados de César, frente a las turbulentas aguas del río Rubicón.
Intenté zafarme de las aceitunadas manos de la gitana, haciendo caso omiso a sus augurios de fortuna que, en el fondo, nada significaban para mí, no obstante pensando en algo tan sencilloo y a la vez tan complicado como la amistad. Algo con lo que había soñado toda mi vida y, paradójicamente, nunca había terminado de encontrar.
[continúa]

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(1) La suerte está echada.

lunes, 4 de junio de 2012

El Abuelo y el Capricho: el Lago de los Cisnes



'Frente al ancho crepúsculo de invierno
mi corazón soñaba.
¿Quién pudiera entender los manantiales,
el secreto del agua
recién nacida, ese cantar oculto
a todas las miradas
del espíritu, dulce melodía
más allá de las almas...?' (1)

El Abuelo siempre decía que la verdadera Magia estaba en el estanque, lugar al que generalmente se refería como el Lago de los Cisnes, seguramente motivado por la gran pasión que sentía por la música clásica, y en especial por la obra de un compositor de origen ruso, cuyo nombre siempre me había sonado igual que un trabalenguas chino: Tchaikovsky. Era su lugar preferido del parque, y por añadidura, aquél en el que más tiempo pasábamos. Ponía como pretexto, que la Exedra y los Laberintos, incluido el más grande de todos, eran tretas que había inventado el Diablo para que en los siglos venideros algunos doctores avispados se ganaran la vida haciendo ver a las personas que todo en su vida era una sucesión caótica de situaciones sin salida y deseos insatisfechos, motivados por un intento contra natura, de desentenderse del más terrible de los laberintos: aquél en el que reinaba una bestia cruel, llamada Sociedad, a la que había que rendir, imprescindiblemente para ser feliz, el obligado tributo de la mansedumbre.
Siempre había sido un hombre solitario. En la familia, pensábamos que esa soledad, en la que parecía sentirse como pez en el agua, era uno de los daños colaterales -el tío Alberto lo llamaba dolor de trincheras- heredado, no cabe duda, de una juventud herida en la inmundicia de la intolerancia. Nunca nos lo dijo, pero todos pensábamos que el abuelo salvó su vida, pero dejó su alma en la Guerra Civil.
Algún tiempo más tarde, nos enteramos de que había peleado aquí, cuando estos jardines fueron utilizados como Cuartel General por el ejército republicano. Aún existían algunos búnqueres, pero las puertas de acceso a su interior permanecían cerradas a cal y canto. De cualquier forma, el abuelo siempre procuraba alejarse lo más posible de ellos, y no eran pocas las ocasiones en las que nos llevaba al estanque, dando un formidable rodeo, frente al que de poco, o mejor dicho, de nada servían nuestras protestas.
[continúa]
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(1) Federico García Lorca: 'Antología Poética', Ediciones Orbis, S.A., 1997, página 18.

lunes, 28 de mayo de 2012

El abuelo y el Capricho. Primera Parte


'Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas...' (1)

Enterramos al abuelo una gélida mañana de invierno, apenas comenzado un nuevo año sobre el que se cernía, como una maldición apocalíptica, el ángel sombrío de la Crisis. El año anterior, otro ángel -algunos piensan, y yo también, que el de Occidente- había hecho sonar las trompetas de alarma, ante el desplome del voraz dragón inmobiliario. Pero la gente, acomodada en ese espejismo denominado bienestar, no se quiso dar cuenta; o no nos quisimos dar cuenta, mejor dicho, pensando que el tema no iba con nosotros; o fue, tal vez que cuando nos arrojaron la verdad a la cara, nos dimos cuenta finalmente y nada pudimos hacer para que el dragón terminara de engullirnos. San Jorge y San Miguel se daban de cabezazos en el cielo, imaginando remiendos que no hacían, sino, enfurecer aún más a la terrible bestia. Es posible que Dios durmiera intranquilo, allá, en ese punto equidistante y por supuesto indeterminado, entre el Alfa y el Omega acosado por la peor de sus pesadillas; una pesadilla que ya le había traído de cabeza siete siglos atrás, cuando los más fieles de sus milites se dejaron tentar por el eterno enemigo, dando con sus huesos en unas hogueras cuyas brasas no parecían querer enfriarse jamás. El Enemigo, por supuesto y síempre según el abuelo, era la Serpiente. Una serpiente, mucho más astuta y peligrosa, que en la actualidad había cambiado su nombre por el de Banca.
El abuelo lo sabía, no en vano, como cada pasada generación de españoles, había vivido una guerra. Había burlado al destino, sí, pero sabía que tan sólo se trataba de una tregua y como todas las treguas, estaba tocando a su fin. Nunca dijo nada. A fin de cuentas, se trataba del pacto inviolable entre un caballero y una dama. Algo me pareció escucharle al respecto, entre susurros entrecortados y un adiós que se perdió con el último estertor. Qué gran verdad es esa de que no hay mayor lucidez en la vida, que cuando nos damos cuenta de que ésta se nos escapa como agua entre los dedos. Con el fin de año, se entregó sin reservas a la Dama Triste -así es como llamaba a la Muerte- aunque se marchó con ella, no con ese aire triunfal que adoptan los poetas, sino sumiso, poco o nada convencido de las promesas de bienestar que ésta le susurraba al oído. El abuelo siempre decía que el bienestar, como los espejismos, era el talón de Aquiles del humilde; su gota, o cuando menos, su mortal subida de ácido úrico. El abuelo, a pesar de todo, no se fue solo. Varios sepelios contribuían, no cabe duda, a aumentar la sensación de tristeza en un día que ya de por sí, había amanecido con un cielo gris, plomizo y tenso, que amenazaba con desplomarse de un momento a otro sobre una tierra a la que aún se aferraba, cual persistente mortaja, la escarcha de la noche. La Dama Triste, pues, continuaba siendo la mujer más rica del mundo y la única accionista mayoritaria de unas empresas cuyos dividendos jamás generarían pérdidas: las funerarias.
Con la última paletada, fui consciente de una cosa muy sencilla, pero que también olvidamos con mucha facilidad: lo mejor de una persona, suele recordarse cuando ya no está. Creo que lo mejor de la vida de mi abuelo, sucedió en un misterioso lugar. Un lugar, de nombre Capricho, situado en un pequeño pulmón natural de Madrid. En realidad, aún tengo mis reservas sobre la veracidad de los cuentos del abuelo. Pero, tal y como le prometí, recojo su testigo, y aquí los expongo...

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(1) Pablo Neruda: 'Poema 5', 'Veinte poemas de amor y una canción desesperada',Ediciones Orbis, S.A., 1997.