domingo, 29 de julio de 2012

Un cuento de la Laguna Negra



Dicen las comadres, que por las noches la Luna se mira en ella, coqueta y muy pagada de sí misma, como la madrastra del cuento de Blancanieves, preguntándole quién es la más bella. La Laguna Negra sonríe, pero no obstante, calla. Hay quien puede llegar a pensar que con su silencio otorga, pero yo creo que, en realidad, callando aleja de su entorno al terrorífico fantasma de la vanidad. La Luna suspira entonces, y como todas las noches desde que el mundo es mundo, dándose por vencida, se despoja de su capa de armiño y se sumerge lentamente en el agua. Los lobos, ocultos en lo más impenetrable de los bosques que la circundan, aúllan con insistencia, disponiéndose al cortejo. Más allá, en los roquedales de las cimas más altas de los Picos de Urbión, águilas, buitres y alimoches cabecean inquietos; en su duermevela sueñan, quizás, con esas inalcanzables estrellas que los hombres codician; febril e inútilmente, como se codicia todo aquello imposible; todo aquello que pertenece al Mundo de los Sueños. Búhos y lechuzas, encaramadas en las ramas más altas de los árboles, custodian los senderos forestales que el otoño ha llenado de hojas y recuerdos, mientras ciervos y revecos retozan en silencio en su cuna de helechos, esperando nerviosos un alba que no termina de llegar.
Hacia el centro de la Laguna, allí donde la Luna bracea con la elegancia de una mariposa, las burbujas estallan al contacto con el aire, delatando los suspiros que la soledad provoca en la Ninfa inmortal que habita desde tiempo inmemorial en lo más desconocido de sus profundidades. En el óvalo perfecto, protegido por crómlechs y menhires que una vez fueron orgullosos caballeros condenados por un sortilegio, las riberas reciben el abrazo fantasmal de una niebla cargada de evocaciones del pasado. Los fantasmas afloran a la superficie, arrastrando penosamente unas cadenas injuriosas que nunca debieron cargar. Hay quien a falta de nombre propio, les pone apellido. Realidad o ficción, lo cierto es que en esta hermosa tierra de pinares, todo el mundo conoce el nombre de Alvargonzález.
Hay hombres intrépidos que se acercan al atardecer, en vísperas de la noche de Difuntos, y cuando vuelven a sus hogares, lo hacen con el pelo blanco como la nieve y la mirada perdida en esos fuegos fatuos sobre los que danzan alegremente hadas y duendes, trasgos y diablos.
Por esas fechas, cuando el invierno atrae desde los bosques canadienses al terrible Wéndigo (1) -espíritu inquieto de los vientos, que por aquí los aldeanos conocen por el nombre de Cierzo- la Ninfa de la Laguna cumple años. Pero es un trámite sin importancia, porque su hermosura y lozanía son eternas y nunca sufren alteración. ¿Cómo podrían existir canas y arrugas en quien se baña todos los días en la Fuente de la Eterna Juventud?. Yo lo sé bien. Y como todos los años, voy con el Wéndigo de un lado para otro, sin tener apenas tiempo de descansar. Con él, muero de regreso a los oscuros bosques de Canadá, y la primavera retorna otra vez mi espíritu aquí, a la tierra en la que nací.
Tal vez os preguntéis quién soy yo. Y tal vez os sorprendáis al conocer mi respuesta: tan sólo soy una hoja mecida por el viento.

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(1) El Wéndigo es un término acuñado por el escritor Algernon Blackwood, perteneciente a la Golden Dawn quien, en un relato que lleva tal título, lo sitúa, basándose en ancestrales mitos de los indios, en lo más impenetrable de los bosques canadienses. En una recopilación editada por Alianza Editorial, se le incluye dentro de los Mitos de Cthulhu, basados en las terribles historias del escritor norteamericano Howard Phillips Lovecraft.

jueves, 19 de julio de 2012

Frágil como una flor


Una fría mañana de diciembre, cuando aún los naranjos no se habían desprendido de la pajarita de escarcha que les había dejado en prenda la madrugada, una gitana me leyó la mano; o lo que ella, emulando esa gran jarte que tiene su raza, pensaba que podía leerse en una mano que todavía estaba tibia, desprendiendo parte del olor del gel de ducha y el jabón de afeitar, con los que me había aseado unos minutos antes, apenas recién levantado. A ras de suelo de un plomizo amanecer, algunos jirones de niebla evolucionaban al compás de una macabra sinfonía, empecinándose, aún más si cabe, en convertir en impenetrable ese gran misterio ancestral que hacía de la judería, indefinidos siglos después, el queso que atraía irremediablemente a la trampa, a un ratón de lo más glotón, conocido con el nombre de turismo.
Enfrente de la mezquita-catedral, las puertas correderas del Hotel Maimónides, al abrirse y cerrarse al paso de los huéspedes, dibujaban guiñoles epifánicos que reflejaban sobre el húmedo pavimento parte de la variada cromática de los adornos del árbol de Navidad, aunque sus débiles destellos semejaran, en el fondo, cruces de navajas precipitadamente liberadas. Mientras tanto los turistas, avispados seguramente a fuerza de ser timados, se perdían por el bosque de columnas del interior de la antigua joya califal reconvertida en catedral trás la conquista de Córdoba por los ejércitos cristianos, aprovechando su gratuidad antes de las diez de la mañana, hora en que la visita quedaba supeditada al pago excesivo de una entrada.
La gitana no lo dijo, evidentemente, pero cuando secuestró mi mano entre las suyas, fue comi si hubiera pronunciado el mitico tópico asociado a todo acaparador de lo ajeno: manos arriba, esto es un atraco.
Por otra parte, bien es cierto que -y en esto, no puedo por menos que pensar en ese temor atávico frente a semejante raza trashumante- que de nada sirven las protestas cuando un gitano ve la posibilidad de hacer negocio, siquiera sea engañando incautos, arte, como digo, en el que nos llevan milenios de ventaja.
Para bien o para mal, y una vez mi mano izquierda -esa que dicen las malas lenguas que Dios no tiene- retenida entre las suyas como rehén a punto de ser ejecutado, su parrafada mística, inspirada según ella por la información astral contenida en esa conjunción de líneas en la que yo nunca había visto otra cosa que encrucijadas y senderos que no conducen a ninguna parte, me trajo a la memoria pensamientos muy alejados de ese brillante camino de éxitos que, en su infalible opinión de pitonisa, me esperaban detrás de la esquina. Éxitos relacionados con la fortuna; con la suerte; con el amor; con ese golpe de estado personal, que me haría ser socio honorario del exclusivo Club de los Brillantes...
Su aliento, cálido y alitoso, formaba caprichosas cabezas de hidra, a cual más burlona y amenazadora, semejantes a las terribles bestias que ilustran los capiteles de un arte que hasta el siglo pasaba se denominaba bizantino, y que ahora todo el mundo conoce por románico.
Alea jacta est (1), me dije, recordando la famosa tirada de dados de César, frente a las turbulentas aguas del río Rubicón.
Intenté zafarme de las aceitunadas manos de la gitana, haciendo caso omiso a sus augurios de fortuna que, en el fondo, nada significaban para mí, no obstante pensando en algo tan sencilloo y a la vez tan complicado como la amistad. Algo con lo que había soñado toda mi vida y, paradójicamente, nunca había terminado de encontrar.
[continúa]

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(1) La suerte está echada.