jueves, 19 de julio de 2012

Frágil como una flor


Una fría mañana de diciembre, cuando aún los naranjos no se habían desprendido de la pajarita de escarcha que les había dejado en prenda la madrugada, una gitana me leyó la mano; o lo que ella, emulando esa gran jarte que tiene su raza, pensaba que podía leerse en una mano que todavía estaba tibia, desprendiendo parte del olor del gel de ducha y el jabón de afeitar, con los que me había aseado unos minutos antes, apenas recién levantado. A ras de suelo de un plomizo amanecer, algunos jirones de niebla evolucionaban al compás de una macabra sinfonía, empecinándose, aún más si cabe, en convertir en impenetrable ese gran misterio ancestral que hacía de la judería, indefinidos siglos después, el queso que atraía irremediablemente a la trampa, a un ratón de lo más glotón, conocido con el nombre de turismo.
Enfrente de la mezquita-catedral, las puertas correderas del Hotel Maimónides, al abrirse y cerrarse al paso de los huéspedes, dibujaban guiñoles epifánicos que reflejaban sobre el húmedo pavimento parte de la variada cromática de los adornos del árbol de Navidad, aunque sus débiles destellos semejaran, en el fondo, cruces de navajas precipitadamente liberadas. Mientras tanto los turistas, avispados seguramente a fuerza de ser timados, se perdían por el bosque de columnas del interior de la antigua joya califal reconvertida en catedral trás la conquista de Córdoba por los ejércitos cristianos, aprovechando su gratuidad antes de las diez de la mañana, hora en que la visita quedaba supeditada al pago excesivo de una entrada.
La gitana no lo dijo, evidentemente, pero cuando secuestró mi mano entre las suyas, fue comi si hubiera pronunciado el mitico tópico asociado a todo acaparador de lo ajeno: manos arriba, esto es un atraco.
Por otra parte, bien es cierto que -y en esto, no puedo por menos que pensar en ese temor atávico frente a semejante raza trashumante- que de nada sirven las protestas cuando un gitano ve la posibilidad de hacer negocio, siquiera sea engañando incautos, arte, como digo, en el que nos llevan milenios de ventaja.
Para bien o para mal, y una vez mi mano izquierda -esa que dicen las malas lenguas que Dios no tiene- retenida entre las suyas como rehén a punto de ser ejecutado, su parrafada mística, inspirada según ella por la información astral contenida en esa conjunción de líneas en la que yo nunca había visto otra cosa que encrucijadas y senderos que no conducen a ninguna parte, me trajo a la memoria pensamientos muy alejados de ese brillante camino de éxitos que, en su infalible opinión de pitonisa, me esperaban detrás de la esquina. Éxitos relacionados con la fortuna; con la suerte; con el amor; con ese golpe de estado personal, que me haría ser socio honorario del exclusivo Club de los Brillantes...
Su aliento, cálido y alitoso, formaba caprichosas cabezas de hidra, a cual más burlona y amenazadora, semejantes a las terribles bestias que ilustran los capiteles de un arte que hasta el siglo pasaba se denominaba bizantino, y que ahora todo el mundo conoce por románico.
Alea jacta est (1), me dije, recordando la famosa tirada de dados de César, frente a las turbulentas aguas del río Rubicón.
Intenté zafarme de las aceitunadas manos de la gitana, haciendo caso omiso a sus augurios de fortuna que, en el fondo, nada significaban para mí, no obstante pensando en algo tan sencilloo y a la vez tan complicado como la amistad. Algo con lo que había soñado toda mi vida y, paradójicamente, nunca había terminado de encontrar.
[continúa]

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(1) La suerte está echada.

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