miércoles, 31 de octubre de 2012

Noche de Difuntos a la vera del Moncayo



La Noche de Difuntos nos sorprendió en las proximidades de Veruela. Antes de llegar al milenario monasterio, nos detuvimos en Trasmoz, subiendo a lomos de nuestras monturas hasta las ruinas del castillo que, según la leyenda, fue levantado en una sola noche por el Diablo. Frente a éste, y ocultando a la vista de los mortales los miserables vestigios de los antiguos templos paganos, de las cumbres nevadas del Moncayo llegaba hasta nosotros el aullido lejano, desesperado y hambriento de los lobos. Aún era mediodía, pero unos negros nubarrones intimidaban a un sol que ya de por sí había amanecido débil y mohíno. Por debajo de las ruinas, la puerta de madera de la vieja ermita bizantina, dedicada a la Virgen de la Huerta (1), crujía con frenética monotonía, resistiendo milagrosamente el empuje de un viento gélido y atroz, que ya comenzaba a dar señales de transformación en ese peligroso demonio que por estos lugares los aldeanos denominan Cierzo, pero que en los espeluznantes bosques canadienses, las tribus indígenas temen y conocen como el Wendigo. Fue mi hermano Valeriano quien, haciendo alarde de su prodigiosa memoria, me recordó la inminencia de la Noche de Difuntos, ignorando mis pretensiones de encender una vela a ese compañero de caminos y de Vírgenes Negras, que es el musliherido San Roque:

- No hay tiempo, Gustavo. En breve se abrirán las puertas del Averno y las brujas y los demonios de la noche se liberarán por el mundo, para atormentar a los intrépidos...Hemos de darnos prisa y refugiarnos tras el santuario que han de ofrecernos los muros del viejo monasterio.

Relativamente cerca, Vera de Moncayo parecía, no obstante, un espejismo inalcanzable más allá de unos campos desnudos y ateridos, en los que algunos viñedos maceraban fuego y escarcha, y en cuyas hojas de parra se adivinaba el vestido de color macilento que, según la Biblia, cubrió las vergüenzas de Adán y Eva cuando fueron expulsados del Paraíso, y con cuyo fruto, suponen algunos que alcanzó Noé su primera borrachera mística.
Lejos de sentir en mi interior idéntica o similar confianza que la demostrada por mi hermano Valeriano, pensaba que los muros del antiguo cenobio cisterciense, en el que apenas oraba et laboraba un puñado de viejos monjes, herederos del espíritu de San Benito pero inexistentes para el mundo, sería un bastión inexpugnable capaz de contener a las terribles criaturas que, de creer en las viejas fábulas y consejas, habrían de poseer a un hombre, colándose de rondón por los caminos sin cerca de madera ni alambre de espino de su imaginación.
El trote de los caballos se convirtió en galope; y el galope, heridos los ijares de los nobles animales, en una frenética huida, mientras el viento nos golpeaba en la cara, arrastrando los primeros copos de nieve, que herían como cuchillas bien afiladas. Atravesamos Vera de Moncayo a velocidad de vértigo, sin cruzarnos con alma alguna, aunque sí percibimos atisbos de vida a través de algunos ojos, anónimos y temerosos, que nos observaban a hurtadillas detrás de los postigos de las ventanas, sin duda alertados por el ruido seco y atronador producido por los caballos de los caballos al golpear sobre los duros adoquines de la calle principal. Unos segundos después de que la luz fugaz de un relámpago se reflejara sobre la pulida superficie de la Cruz Negra -me estremecí, al recordar la leyenda condal del terrible señor del Segre- cruzamos como una exhalación la portalada de piedra del monasterio.
Dos monjes nos esperaban al final de un paseo flanqueado a ambos lados por filas de bananos, cuyas ramas, desnudas y retorcidas, semejaban los brazos de condenados, desesperados por alcanzar un cielo que los liberara definitivamente de las torturas del Infierno. Mezclando el color del plumaje de las urracas, en sus hábitos había una familiar

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Dos monjes nos esperaban al final de un paseo flanqueado a ambos lados por filas de bananas, cuyas ramas, desnudas y retorcidas, semejaban los brazos de infelices condenados, desesperados por alcanzar un cielo que los liberara definitivamente de las torturas del Infierno. De idéntico color que el plumaje de las urracas, en sus hábitos había una familiar presencia, que me recordó a los monjes con espuelas (2), cuyas osamentas se levantarían a medianoche para seguir combatiendo allá, en las celtíberas laderas del soriano Monte de las Ánimas, mientras el Duero, antes de llegar a la curva de ballesta (3) sobre la que se alza la ermita de San Saturio, reflejaría, un año más, un diabólico rayo de luna que habría de levar a la perdición a algún infeliz mancebo enamorado.
La penumbra dibujaba extrañas formas en el pavimento de un claustro cuyas arquerías, eternamente libres del prisionero abrazo del cristal, permitían que el viento, al colarse libremente, semejara portar consigo ecos y susurros de antiguos rezos y misereres; te deum laudamus de comunidades cenóbíticas que habían muerto a mayor gloria de Dios, los restos de cuyos abades reposaban bajo inmemoriales losas señaladas con el báculo mosaico y distribuídas por la iglesia y la Sala Capitular.
La magia en equilibrio de las bóvedas góticas, se desplegaba por los cuatro puntos cardinales del claustro, como alas oleaginosas de murciélago desplegándose hacia un centro imaginario en su vuelo sin visión. Aunque frugal, no obstante en la cena se cólo, mezclado con los posos del vino, fuerte y áspero como los mitos de esta tierra, el espectro correoso de las pesadillas. Presa de una febril actividad nocturna, de mi imaginación desbordada brotaron meridianos demonios: seres elementales que brotaban de lo más profundo de las gotas de rocío que pernoctaban en mi alma atormentada:
Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en un girón de niebla plateada; silfos invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios y venid en vuestros carros de nácar a los que vuelan uncidas las mariposas; larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas; escarabajos de esmeraldas, luciérnagas de fuego, mariposas negras, venid; y venid vosotros todos, espíritus de la noche, venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y oro; venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura; venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas; venid, que los que os aman os esperan impacientes...
Todo esto, lo escribo desde mi celda, en ésta gris y fría mañana del día de Todos los Santos, del año de 1842. ¿Verdad o mentira?. ¡Quién lo sabe!. Tan sólo puedo asegurar, que a la mañana siguiente, enfermo y exhausto en el lecho, desperté en los brazos de mi hermano Valeriano. Junto a la cera derretida de la vela, en la superficie carcomida de la mesilla de noche, un ligero rastro de púrpura terminaba en las proximidades de mi almohada. De la terrible ventisca enviada por los manes del Moncayo, quedaba el testimonio de la exhorbitante cantidad de nieve abatida sobre el monasterio.
Uno de los monjes, posiblemente el boticario, entró y entreabrió la ventana, alegando que los aires del Moncayo serían el remedio ideal para mi fiebre. Junto con elos, un ligero olor a azufre penetró también en la habitación...


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(1) No deja de tener cierta similitud con la antigua iglesia templaria de similar advocación, de Puente la Reina, hoy día conocida popularmente con el nombre de Iglesia del Crucifijo, pero que, allá por el siglo XII, estaba bajo la advocación de Nª Sª de los Huertos.
(2) Con tal nombre, se refería Gustavo Adolfo Bécquer a los templarios.
(3) De la poesía de Antonio Machado.

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